El nicho “salud mental” como lineal de supermercado

Entras en Instagram buscando una receta de cocina y sales con la sospecha de que tienes apego evitativo. Abres TikTok para distraerte cinco minutos y acabas descubriendo que tus problemas de pareja podrían deberse a un trauma de la infancia. Sigues scroleando.

  • Ansiedad.
  • TDAH.
  • Narcisismo.
  • Burnout.
  • Autoestima.
  • Trauma.

Todo está ahí. Perfectamente ordenado. Como un supermercado.

La salud mental tiene ahora sus propias estanterías

Las redes sociales han conseguido algo bastante curioso: convertir conceptos psicológicos complejos en productos fáciles de consumir. Un vídeo de 30 segundos. Un carrusel de seis diapositivas. Una frase sobre fondo beige. Un test. Un libro.

Y, por supuesto, una cuenta que te explica por qué eres como eres. El problema no es que se hable de salud mental. Probablemente sea algo positivo que determinadas cuestiones hayan dejado de ser un tema del que no se podía hablar. El problema aparece cuando todo empieza a parecer una categoría de contenido. Y cuando una categoría de contenido funciona, aparece el mercado.

El algoritmo ha descubierto que nos interesa saber qué nos pasa

Hay algo especialmente adictivo en los contenidos que parecen explicarnos a nosotros mismos.

“Siete señales de que tienes ansiedad y no lo sabes.”

“Si haces esto en tus relaciones, probablemente tienes apego evitativo.”

“Si necesitas estar solo después de socializar, quizá tengas TDAH.”

“Si te cuesta decir que no, tienes este problema.”

Es un formato perfecto para las redes. No necesitas conocer al creador. No necesitas contarle tu historia. No necesitas una evaluación. Solo necesitas reconocer una frase. Y pensar: “Esto soy yo.”

Ese momento de identificación es tremendamente potente. Porque cuando un vídeo consigue que una persona se vea reflejada, deja de ser simplemente un vídeo. Se convierte en algo personal.

El diagnóstico también puede convertirse en entretenimiento

Aquí aparece una frontera bastante delicada. Una cosa es divulgar. Otra es convertir cualquier comportamiento cotidiano en una posible explicación psicológica.

Estar cansado no significa necesariamente tener burnout. Ser desordenado no significa automáticamente tener TDAH. Tener una mala relación no significa necesariamente que exista una persona narcisista al otro lado. Y sentirse triste durante unos días no equivale por sí mismo a tener depresión.

Pero las redes funcionan mejor con respuestas rápidas que con matices. “Puede haber muchas razones” no genera el mismo impacto que: “Esta es la razón por la que te ocurre.” El algoritmo prefiere la segunda.

El supermercado necesita productos nuevos

Y aquí es donde el fenómeno se vuelve todavía más interesante. Cuando un tema empieza a funcionar, aparecen más contenidos sobre ese tema. Si funcionan los vídeos sobre ansiedad, llegan más vídeos sobre ansiedad. Después aparecen los de ansiedad social. Luego los de ansiedad en pareja.

La estantería se hace cada vez más grande. Lo mismo ocurre con el trauma, la autoestima, el apego o el TDAH. Y cuando una palabra empieza a tener millones de búsquedas, también empieza a tener valor comercial.

Porque detrás del contenido puede haber un negocio

No hay nada malo en que un profesional cobre por su trabajo. Un psicólogo puede utilizar las redes para divulgar y, al mismo tiempo, conseguir pacientes. Una editorial puede promocionar un libro. Un creador puede vender un curso. Hasta ahí, normal.

La cuestión interesante es dónde termina la divulgación y dónde empieza la venta.

Porque una publicación puede parecer un consejo desinteresado y terminar llevando a una consulta, un programa, una suscripción o un producto. Y cuando existe dinero de por medio, saber quién está hablando y con qué objetivo se vuelve bastante importante. Esto conecta directamente con una pregunta que ya hemos planteado en Boicot Influencers: ¿es publicidad si no pone “publi”?.

El problema de convertir una experiencia en una etiqueta

Hay otra consecuencia menos evidente. Cuando empezamos a consumir contenido psicológico constantemente, podemos acabar interpretando nuestra vida a través de etiquetas. Una discusión se convierte en “red flag”. Una ruptura, en “trauma”. Una persona distante, en “narcisista”. Una necesidad de descanso, en “burnout”.

A veces esas palabras pueden ayudar a entender determinadas experiencias. Pero también pueden simplificarlas demasiado. La vida real es bastante más incómoda. No siempre tiene una explicación de 40 segundos.

Y las redes premian precisamente la simplificación

Un buen profesional puede necesitar una hora para evaluar una situación. Un vídeo necesita captar nuestra atención en los primeros segundos.

Ahí tenemos el conflicto. La psicología trabaja con contexto. Las redes trabajan con titulares. La psicología admite incertidumbre. Las redes premian las respuestas contundentes.

La psicología diferencia entre síntomas, experiencias y diagnósticos. TikTok puede resolverlo con una frase sobreimpresa y una música de fondo.

No significa que todo el contenido de salud mental sea malo. Ni mucho menos. Hay profesionales que hacen divulgación excelente y cuentas que han conseguido acercar información útil a personas que nunca habrían buscado ese contenido por otros medios.

Pero precisamente por eso conviene mirar también cómo se empaqueta esa información.

Del vídeo al carrito

La evolución puede ser bastante sencilla. Primero aparece el vídeo gratuito. Después, más vídeos. Luego un podcast. Después un libro. Quizá un curso. Una consulta. Una aplicación. Una colaboración con una marca.

No necesariamente hay nada ilegal ni extraño en ese recorrido. Pero sí hay una pregunta que merece hacerse: ¿Estamos consumiendo información porque nos resulta útil o porque hemos aprendido a consumir nuestra propia vida como contenido?

Porque quizá esa sea la verdadera transformación. Antes buscábamos respuestas cuando teníamos un problema. Ahora podemos pasar horas buscando problemas que encajen con las respuestas que nos ofrece el algoritmo.

La estantería nunca se queda vacía

Mañana aparecerá una nueva etiqueta. Un nuevo concepto relacionado con la salud mental. Una nueva tendencia psicológica. Un nuevo “si haces esto, significa que…”. Y probablemente funcionará.

Porque seguimos teniendo las mismas necesidades de siempre: entendernos, sentirnos comprendidos y encontrar una explicación cuando algo nos duele. Las redes han descubierto que esas necesidades también generan clics. Y cuando algo genera clics, tarde o temprano alguien encuentra la manera de venderlo.

La salud mental no debería convertirse en un supermercado. Pero si ya lo estamos construyendo, quizá lo mínimo sea mirar las etiquetas antes de meter cualquier cosa en el carrito.

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