Hay una conversación sobre redes sociales que suele acabar en uno de dos extremos: La sexualización en redes sociales. O se defiende que cada persona puede mostrar su cuerpo como quiera. O se critica directamente a quienes lo hacen. Y probablemente las dos posturas se quedan cortas. Porque la cuestión interesante no es decidir cuánto cuerpo debería mostrar alguien en Instagram, TikTok o cualquier otra plataforma.
La pregunta es otra: ¿Qué ocurre cuando la sexualización empieza a convertirse en una estrategia de contenido?
Mostrar el cuerpo no tiene nada de nuevo
La sexualización no nació con TikTok ni en Instagram. La publicidad lleva décadas utilizando cuerpos, belleza y atractivo físico para llamar la atención. La diferencia es que ahora cualquiera puede convertir ese mecanismo en parte de su propia marca personal. Una fotografía. Un vídeo. Un baile. Una determinada ropa.
Nada de esto tiene por qué ser sexual por sí mismo. Pero las plataformas funcionan con un sistema muy sencillo: cuanto más llama la atención algo, más posibilidades tiene de ser visto y de convertirse en viral.
Y ahí empieza la cuestión.
El algoritmo no entiende de intenciones
Un creador puede publicar una imagen porque le gusta. Otra persona puede publicar algo parecido porque sabe que tendrá muchas visualizaciones. Desde fuera, las dos publicaciones pueden parecer prácticamente idénticas. El algoritmo tampoco necesita conocer la intención.
Solo necesita detectar interacción. Más visualizaciones. Más comentarios. Más compartidos. Más tiempo de pantalla. Esto es lo que marca la viralidad de un vídeo.
Y si determinado tipo de contenido consigue mejores resultados, el creador recibe una información bastante clara: esto funciona. No hace falta que nadie le diga explícitamente que enseñe más. Las métricas ya se encargan de hacerlo.
La frontera entre identidad y estrategia
Aquí es donde el tema se vuelve más interesante. Una persona puede sentirse cómoda mostrando su cuerpo y disfrutar haciéndolo. Eso no convierte automáticamente su contenido en una estrategia comercial. Pero también puede ocurrir que alguien descubra que determinadas imágenes generan el doble de visitas y empiece a adaptar su contenido en esa dirección.
No hay necesariamente un problema. El problema aparece cuando empezamos a pensar que todo aquello que funciona debe repetirse constantemente. Y entonces puede producirse una escalada.
Una fotografía llama la atención. La siguiente necesita llamar un poco más. El siguiente vídeo tiene que generar más comentarios. Se crea un bucle infinito donde lo excepcionar se convierte en la norma.
La atención tiene valor
Para un influencer, conseguir atención no es una cuestión baladí. Puede traducirse en seguidores. Y los seguidores pueden traducirse en colaboraciones, ventas, suscripciones, afiliación o contratos con marcas. Por eso la sexualización puede formar parte de una estrategia comercial incluso aunque no exista una venta directa. Una publicación puede no anunciar absolutamente nada y, sin embargo, estar contribuyendo a construir una audiencia. Y esa audiencia tiene valor.
Es una lógica similar a la que encontramos cuando hablamos del engagement comprado y de cómo una cifra de interacciones puede alterar la percepción de una cuenta. La atención se ha convertido en una moneda.
El problema de convertir el cuerpo en producto
Aquí aparece una cuestión algo más incómoda. Cuando una persona empieza a vivir económicamente de su imagen, su cuerpo puede convertirse en una parte importante de su marca. Eso no significa necesariamente que exista explotación.
Pero sí introduce una presión que antes no estaba ahí. Si tu apariencia genera visitas, las visitas generan dinero y el dinero paga tus facturas, mantener determinada imagen deja de ser completamente indiferente. La presión puede venir de las marcas. De la audiencia. De otros creadores. Y, sobre todo, de las propias métricas.
Sexualización y publicidad: una frontera todavía más delicada
La situación se complica cuando aparece una marca. Una fotografía puede parecer personal, pero si forma parte de una colaboración comercial, la cuestión cambia. ¿Estamos viendo una publicación personal? ¿Una campaña? ¿Una estrategia de posicionamiento?
Por eso la transparencia publicitaria es tan importante. En Boicot Influencers ya hablamos de la pregunta que muchas veces aparece en estas situaciones: ¿es publicidad si no pone “publi”?.
El problema no es que una marca utilice una imagen atractiva. El problema sería que la audiencia no sepa cuándo está viendo una opinión, una publicación personal o una acción comercial.
Cuando enseñar deja de ser solo enseñar
La pregunta, por tanto, no debería ser: “¿Por qué esta persona enseña tanto?”
Probablemente nunca conozcamos la respuesta completa. La pregunta más interesante es: “¿Qué nos está enseñando el algoritmo sobre aquello que merece nuestra atención?” Porque cuando determinadas imágenes reciben más visitas, más seguidores y más oportunidades económicas, las plataformas no solo reflejan nuestros gustos.También pueden acabar influyéndolos.
Y quizá ahí esté el verdadero debate. No en cuánto decide mostrar cada influencer. Sino en qué ocurre cuando nuestra propia imagen empieza a competir con nosotros mismos por conseguir una cifra más alta de likes, seguidores y visualizaciones. Porque en las redes, hasta la identidad puede terminar convertida en estrategia.
